8 de Mayo

Invención de la Coca-Cola

Vírgenes de Atlanta, regaladme la espumosa ambrosía de antracita, vosotras, que bien pudierais administrar la copa a Júpiter mejor que el garzón de Ida, ofrecedme una crátera sin fondo para esta felicidad bituminosa, hecha de burbujas y de logotipos. Yo sé bien que en cada chispazo de vuestro néctar habita un agente camuflado de la CIA y que detrás del anhídrido carbónico, se ocultan mil secretas adicciones y el poder, dicen -¡insensatos!- de corroer las tuberías y devorar las entrañas de los niños o deponer incómodos gobiernos. Pero yo adoraré siempre las frescas mansedumbres de vuestras fuentes enlatadas, los elixires embotellados de eterna juventud que reponen mis exhaustas fuerzas, vuestros anuncios que dan la vida eterna a quien los mira. Desprecio la hidromiel de los vikingos y el zumo prensado de la uva que hace gritar a las bacantes y enloquece a los jinetes con corbata, prefiero la modesta dicha iridiscente del cuerno rojo donde arde vuestra alegría y desprecio hasta el agua de los ríos. Vírgenes de Atlanta, estoy rendido al torrente diario que deforma mi cuerpo de pobre capitalista envenenado, os he vendido el alma, a cambio, que no me falte nunca la fórmula secreta y, a ser posible, fría.


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